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viernes, 12 de septiembre de 2014

Fotografía Post-mortem


    Cuando la descubrí me llamó mucho la atención, y no porque en nuestra cultura sea algo inexistente y se pueda catalogar de morboso. Lo que me hacía pensar era en el sentido que podrían tener, las motivaciones que los familiares tendrían para querer tener una última instantánea de ese ser querido que ya había partido de este mundo...

    La fotografía de difuntos fue una práctica que nació poco después que la fotografía (un 19 de agosto de 1839) en París, Francia, que luego se extiende rápidamente hacia otros países. La práctica consistía en vestir el cadáver de un difunto con sus ropas personales y participarlo de un último retrato grupal, con sus compañeros, familiares, amigos, o retratarlo individualmente. La fotografía mortuoria no era considerada morbosa, debido a la ideología social de la época del Romanticismo. En dicho período se tenía una visión nostálgica de los temas medievales y se concebía la muerte con un aire mucho más sentimental, llegando algunos a verla como un privilegio.
   
 Los retratos mortuorios privados podían encuadrarse en tres posibles categorías según la manera en que se retrataba al sujeto:


  • Simulando vida: en un intento por simular la vida del difunto se los fotografiaba con los ojos abiertos y posando como si se tratara de una fotografía común, por lo general junto con sus familiares. No es difícil notar cual es la persona sin vida ya que -entre otras diferencias-, al no tener movimiento alguno sale muy nítida en la imagen y no así sus familiares. Las tomas se solían retocar a mano usando coloretes o pintando los ojos sobre los párpados cerrados.
  • Simulando estar dormido: por lo general se realizaba con los niños. Se les toma como si estuvieran descansando, y en un dulce sueño del cual se supone que despertarían. En algunos casos los padres los sostenían como acunándolos para aportar naturalidad a la toma.

  • Sin simular nada: se les fotografiaba en su lecho de muerte, o incluso en el féretro. En este tipo de tomas se agregaban flores como elemento ornamental, que no existían en el resto de las fotografías post mortem. Ese tipo de fotografías también se les tomaban a los niños.

  • Fotografías de "Angelitos": El niño muerto fue objeto de culto en las diferentes culturas desde la antigüedad, varía dependiendo de la época y la cultura de que se trate. Se les enterraba con juguetes u objetos de uso cotidiano. En la Europa medieval, además de monumentos funerarios se colocaban epitafios con notas biográficas y frases que expresaban la pesadumbre y el deseo de perpetuar la memoria del niño muerto, invitándolo a tomar su lugar en el coro de ángeles. Por eso a las fotografías post mortem de niños, a partir del siglo XIX se les llamó de "angelitos". Existe una importante cantidad de fotografías de ese tipo, debido el alto índice de mortalidad infantil de dicha época, una familia común sumaban entre 8 y 10 hijos de los cuales solían fallecer la mitad. Tomando en cuenta ese contexto, las fotografías del niño fallecido junto a sus padres y/o hermanos, o simplemente el niño muerto, estaban comprensiblemente aceptadas.
    Por los años veinte o treinta del siglo XX comenzaron a adoptarse nuevas tendencias que alcanzaron incluso la fotografía post mortem. De esta forma, los fotógrafos comenzaron a presentar a los muertos bajo nuevos ángulos y perspectivas: detalles de las manos o de otras partes del cuerpo, con desenfoques selectivos muy controlados y realizando primerísimos planos de ciertas zonas del fallecido, o bien imágenes muy cercanas al fotoperiodismo actual. Son tomas que en muchos casos resultan impresionantes por su dramatismo y cuidada iluminación.

lunes, 23 de junio de 2014

De la película... El Atlas de las Nubes

"Ahora entiendo que la barrera entre el ruido y el sonido es una convención. Todas las fronteras son convenciones que esperan ser superadas. Puedes superar todas las convenciones con sólo concebir la posibilidad de hacerlo. En momentos como éste percibo los latidos de tu corazón tan claramente como los míos y sé que la separación es una ilusión. Tu vida se extiende más allá de las limitaciones de mi ser."

 

  "He compuesto movimientos imaginando que nos encontrábamos una y otra vez en vidas diferentes, en épocas diferentes."


"Ser es ser percibido, por eso sólo puedes conocerte a ti mismo a través de los ojos del otro. La naturaleza de nuestras vidas mortales se halla en las consecuencias de nuestras palabras y nuestros actos, que no cesan de retroalimentarse a través del tiempo."


"Nuestra vida no nos pertenece. Del vientre a la tumba, estamos unidos a otros, pasado y presente. Y con cada crimen que cometemos, cada gesto amable, alumbramos nuestro futuro."

 

  "Creo que la muerte es sólo una puerta. Cuando se cierra se abre otra. Si me imaginara un cielo, me imaginaría una puerta que se abre, y detrás de ella estaría él esperándome."





 El Atlas de las Nubes (2012). Tom Tykwer y hermanos Wachowski

martes, 5 de febrero de 2013

Reflexiones: La Verdad y la Mentira

 Hoy me he acordado de una frase de Diderot:

 "Engullimos de un sorbo la mentira que nos adula y bebemos gota a gota la verdad que nos amarga"

Una VERDAD arrolladora, y después de pensar en eso he acabado releyendo un poema de José de Espronceda (que raro otro romántico...), El Diablo Mundo, una obra donde se expone la pesimista visión del mundo de este escritor, con temas muy recurrentes en este período literario del romanticismo. A continuación un fragmento que ilustra también el pensamiento de Diderot.

 

Verdad, te buscamos,
osamos subir
al último cielo
volando tras ti,
con noble avaricia
y ansia sin fin
de ver cuanto ha sido
y está por venir.


Mentira, tú eres 

luciente cristal,
color de oro y nácar
que encanta al mirar.
 

 

 Feliz a quien meces. 
 Mentira en tus sueños, 
tú sola halagüeños 
placeres nos das, 
¡ay!, ¡nunca busquemos 
la triste verdad! 
La más escondida 
tal vez, ¿qué traerá? 
¡Traerá un desengaño! 
¡Con él un pesar!

Alfred Stevens: La Verdad y la Falsedad

martes, 8 de enero de 2013

La Nochebuena de 1836

 

 Este es el otro artículo de Larra que me encanta, no lo pongo entero porque es muy largo, sólo un pequeño fragmento que alberga reflexiones que forman parte de mis preferidas. Espero que sirva para que apetezca leerlo entero.

Se trata de uno de sus artículos más pesimista, (junto con el anterior de La Noche de Difuntos, ¿uooo soy pesimista?)con más autocrítica que de costumbre. Se trata de uno de sus últimos artículos donde se deja ver un Larra completamente desengañado y desesperanzado, sus críticas ya no tienen la pretensión de querer cambiar las cosas, sólo son reflejo de la destrucción que le corroe por dentro a él y a su querida España. Al final de este artículo se menciona una caja que es observada fijamente por el protagonista, se dice que se trata de la que albergaba la pistola con la que apenas un mes y medio despúes de escribir esta obra se suicidaría. 


            LA NOCHEBUENA DE 1836

El número 24 me es fatal: si tuviera que probarlo diría que en día 24 nací. Doce veces al año amanece, sin embargo, día 24; soy supersticioso, porque el corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer; sin duda por esa razón creen los amantes, los casados y los pueblos a sus ídolos, a sus consortes y a sus gobiernos, y una de mis supersticiones consiste en creer que no puede haber para mí un día 24 bueno. El día 23 es siempre en mi calendario víspera de desgracia, y a imitación de aquel jefe de policía ruso que mandaba tener prontas las bombas las vísperas de incendios, así yo desde el 23 me prevengo para el siguiente día de sufrimiento y resignación, y, en dando las doce, ni tomo vaso en mi mano por no romperle, ni apunto carta por no perderla, ni enamoro a mujer porque no me diga que sí, pues en punto a amores tengo otra superstición: imagino que la mayor desgracia que a un hombre le puede suceder es que una mujer le diga que le quiere. Si no la cree es un tormento, y si la cree... ¡Bienaventurado aquel a quien la mujer dice no quiero , porque ése a lo menos oye la verdad!

El último día 23 del año 1836 acababa de expirar en la muestra de mi péndula, y consecuente en mis principios supersticiosos, ya estaba yo agachado esperando el aguacero y sin poder conciliar el sueño. Así pasé las horas de la noche, más largas para el triste desvelado que una guerra civil; hasta que por fin la mañana vino con paso de intervención, es decir, lentísimamente, a teñir de púrpura y rosa las cortinas de mi estancia.

El día anterior había sido hermoso, y no sé por qué me daba el corazón que el día 24 había de ser día de agua. Fue peor todavía: amaneció nevando. Miré el termómetro y marcaba muchos grados bajo cero; como el crédito del Estado. 

Resuelto a no moverme porque tuviera que hacerlo todo la suerte este mes, incliné la frente, cargada como el cielo de nubes frías, apoyé los codos en la mesa y paré tal que cualquiera me hubiera reconocido por escritor público en tiempo de libertad de imprenta, o me hubiera tenido por miliciano nacional citado para un ejercicio. Ora vagaba mi vista sobre la multitud de artículos y folletos que yacen empezados y no acabados ha más de seis meses sobre mi mesa, y de que sólo existen los títulos, como esos nichos preparados en los cementerios que no aguardan más que el cadáver; comparación exacta, porque en cada artículo entierro una esperanza o una ilusión. Ora volvía los ojos a los cristales de mi balcón; veíalos empañados y como llorosos por dentro; los vapores condensados se deslizaban a manera de lágrimas a lo largo del diáfano cristal; así se empaña la vida, pensaba; así el frío exterior del mundo condensa las penas en el interior del hombre, así caen gota a gota las lágrimas sobre el corazón. Los que ven de fuera los cristales los ven tersos y brillantes; los que ven sólo los rostros los ven alegres y serenos... 

 

 

jueves, 18 de octubre de 2012

El Día de Difuntos de 1836

  

 Mariano José de Larra y Sánchez de Castro (Madrid, 24 de marzo de 1809 – Madrid, 13 de febrero de 1837)

 Fue un escritor, periodista y político español y uno de los más importantes exponentes del romanticismo español.

Es considerado, junto con Espronceda, Bécquer y Rosalía de Castro, la más alta cota del romanticismo literario español y es uno de mis escritores favoritos.

Periodista, crítico satírico y literario, y escritor costumbrista, publica en prensa más de doscientos artículos a lo largo de tan sólo ocho años. Impulsa así el desarrollo del género ensayístico. Escribe bajo los seudónimos Fígaro, Duende, Bachiller y El Pobrecito Hablador.

 

A continuación dejo uno de los dos artículos que más me gustan de Larra, más adelante publicaré el otro. Se trata de El Día de los Difuntos de 1836, aprovechando que se acerca la fecha, donde se advierte el hondo pesar y la triste decepción que observa en la sociedad y la política española del siglo XIX , leyéndolo resulta difícil pensar que ha pasado bastante  más de siglo y medio, se reconoce ese sentimiento en nuestra sociedad actual. 

Larra inmortal.



                       EL DÍA DE DIFUNTOS DE 1836

FÍGARO EN EL CEMENTERIO
Beati qui moriuntur in Domino
 
En atención a que no tengo gran memoria, circunstancia que no deja de contribuir a esta especie de felicidad que dentro de mí mismo me he formado, no tengo muy presente en qué artículo escribí (en los tiempos en que yo escribía) que vivía en un perpetuo asombro de cuantas cosas a mi vista se presentaban. Pudiera suceder también que no hubiera escrito tal cosa en ninguna parte, cuestión en verdad que dejaremos a un lado por harto poco importante en época en que nadie parece acordarse de lo que ha dicho ni de lo que otros han hecho. Pero suponiendo que así fuese, hoy, día de difuntos de 1836, declaro que si tal dije, es como si nada hubiera dicho, porque en la actualidad maldito si me asombro de cosa alguna. He visto tanto, tanto, tanto..., como dice alguien en El Califa.
Lo que sí me sucede es no comprender claramente todo lo que veo, y así es que al amanecer un día de difuntos no me asombra precisamente que haya tantas gentes que vivan; sucédeme, sí, que no lo comprendo.
En esta duda estaba deliciosamente entretenido el día de los Santos, y fundado en el antiguo refrán que dice: Fíate en la Virgen y no corras (refrán cuyo origen no se concibe en un país tan eminentemente cristiano como el nuestro), encomendábame a todos ellos con tanta esperanza, que no tardó en cubrir mi frente una nube de melancolía; pero de aquellas melancolías de que sólo un liberal español en estas circunstancias puede formar una idea aproximada. Quiero dar una idea de esta melancolía; un hombre que cree en la amistad y llega a verla por dentro, un inexperto que se ha enamorado de una mujer, un heredero cuyo tío indiano muere de repente sin testar, un tenedor de bonos de Cortes, una viuda que tiene asignada pensión sobre el tesoro español, un diputado elegido en las penúltimas elecciones, un militar que ha perdido una pierna por el Estatuto, y se ha quedado sin pierna y sin Estatuto, un grande que fue liberal por ser prócer, y que se ha quedado sólo liberal, un general constitucional que persigue a Gómez, imagen fiel del hombre corriendo siempre tras la felicidad sin encontrarla en ninguna parte, un redactor del Mundo en la cárcel en virtud de la libertad de imprenta, un ministro de España y un Rey, en fin, constitucional, son todos seres alegres y bulliciosos, comparada su melancolía con aquella que a mí me acosaba, me oprimía y me abrumaba en el momento de que voy hablando.
Volvíame y me revolvía en un sillón de éstos que parecen camas, sepulcro de todas mis meditaciones, y ora me daba palmadas en la frente, como si fuese mi mal mal de casado, ora sepultaba las manos en mis faltriqueras, a guisa de buscar mi dinero, como si mis faltriqueras fueran el pueblo español y mis dedos otros tantos Gobiernos, ora alzaba la vista al cielo como si en calidad de liberal no me quedase más esperanza que en él, ora la bajaba avergonzado como quien ve un faccioso más, cuando un sonido lúgubre y monótono, semejante al ruido de los partes, vino a sacudir mi entorpecida existencia.
–¡Día de Difuntos! –exclamé.
Y el bronce herido que anunciaba con lamentable clamor la ausencia eterna de los que han sido, parecía vibrar más lúgubre que ningún año, como si presagiase su propia muerte. Ellas también, las campanas, han alcanzado su última hora, y sus tristes acentos son el estertor del moribundo; ellas también van a morir a manos de la libertad, que todo lo vivifica, y ellas serán las únicas en España, ¡santo Dios!, que morirán colgadas. ¡Y hay justicia divina!
La melancolía llegó entonces a su término; por una reacción natural cuando se ha agotado una situación, ocurrióme de pronto que la melancolía es la cosa más alegre del mundo para los que la ven, y la idea de servir yo entero de diversión...
–¡Fuera, –exclamé–, fuera! –como si estuviera viendo representar a un actor español–: ¡fuera! –como si oyese hablar a un orador en las Cortes. Y arrojéme a la calle; pero en realidad con la misma calma y despacio como si se tratase de cortar la retirada a Gómez.
Dirigíanse las gentes por las calles en gran número y larga procesión, serpenteando de unas en otras como largas culebras de infinitos colores: ¡al cementerio, al cementerio! ¡Y para eso salían de las puertas de Madrid!
Vamos claros, dije yo para mí, ¿dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? Un vértigo espantoso se apoderó de mí, y comencé a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio. Pero vasto cementerio donde cada casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria de una esperanza o de un deseo.
Entonces, y en tanto que los que creen vivir acudían a la mansión que presumen de los muertos, yo comencé a pasear con toda la devoción y recogimiento de que soy capaz las calles del grande osario.
–¡Necios! –decía a los transeúntes–. ¿Os movéis para ver muertos? ¿No tenéis espejos por ventura? ¿Ha acabado también Gómez con el azogue de Madrid? ¡Miraos, insensatos, a vosotros mismos, y en vuestra frente veréis vuestro propio epitafio! ¿Vais a ver a vuestros padres y a vuestros abuelos, cuando vosotros sois los muertos? Ellos viven, porque ellos tienen paz; ellos tienen libertad, la única posible sobre la tierra, la que da la muerte; ellos no pagan contribuciones que no tienen; ellos no serán alistados ni movilizados; ellos no son presos ni denunciados; ellos, en fin, no gimen bajo la jurisdicción del celador del cuartel; ellos son los únicos que gozan de la libertad de imprenta, porque ellos hablan al mundo. Hablan en voz bien alta y que ningún jurado se atrevería a encausar y a condenar. Ellos, en fin, no reconocen más que una ley, la imperiosa ley de la Naturaleza que allí los puso, y ésa la obedecen.
–¿Qué monumento es éste? –exclamé al comenzar mi paseo por el vasto cementerio–. ¿Es él mismo un esqueleto inmenso de los siglos pasados o la tumba de otros esqueletos? ¡Palacio! Por un lado mira a Madrid, es decir, a las demás tumbas; por otro mira a Extremadura, esa provincia virgen... como se ha llamado hasta ahora. Al llegar aquí me acordé del verso de Quevedo:
Y ni los v... ni los diablos veo.
En el frontispicio decía: "Aquí yace el trono; nació en el reinado de Isabel la Católica, murió en La Granja de un aire colado". En el basamento se veían cetro y corona y demás ornamentos de la dignidad real. La Legitimidad, figura colosal de mármol negro, lloraba encima. Los muchachos se habían divertido en tirarle piedras, y la figura maltratada llevaba sobre sí las muestras de la ingratitud.
¿Y este mausoleo a la izquierda? La armería. Leamos:
Aquí yace el valor castellano, con todos sus pertrechos. R. I. P.
Los Ministerios: Aquí yace media España; murió de la otra media.
Doña María de Aragón: Aquí yacen los tres años.
Y podía haberse añadido: aquí callan los tres años. Pero el cuerpo no estaba en el sarcófago; una nota al pie decía:
El cuerpo del santo se trasladó a Cádiz en el año 23, y allí por descuido cayó al mar.
Y otra añadía, más moderna sin duda: Y resucitó al tercero día.
Más allá: ¡santo Dios! Aquí yace la Inquisición, hija de la fe y del fanatismo: murió de vejez. Con todo, anduve buscando alguna nota de resurrección: o todavía no la habían puesto, o no se debía poner nunca.
Alguno de los que se entretienen en poner letreros en las paredes había escrito, sin embargo, con yeso en una esquina, que no parecía sino que se estaba saliendo, aun antes de borrarse: Gobernación. ¡Qué insolentes son los que ponen letreros en las paredes! Ni los sepulcros respetan.
¿Qué es esto? ¡La cárcel! Aquí reposa la libertad del pensamiento. ¡Dios mío, en España, en el país ya educado para instituciones libres! Con todo, me acordé de aquel célebre epitafio y añadí, involuntariamente:
Aquí el pensamiento reposa,
En su vida hizo otra cosa.
Dos redactores del Mundo eran las figuras lacrimatorias de esta grande urna. Se veían en el relieve una cadena, una mordaza y una pluma. Esta pluma, dije para mí, ¿es la de los escritores o la de los escribanos? En la cárcel todo puede ser.
La calle de Postas, la calle de la Montera. Estos no son sepulcros. Son osarios, donde, mezclados y revueltos, duermen el comercio, la industria, la buena fe, el negocio.
Sombras venerables, ¡hasta el valle de Josafat!
Correos. ¡Aquí yace la subordinación militar!
Una figura de yeso, sobre el vasto sepulcro, ponía el dedo en la boca; en la otra mano una especie de jeroglífico hablaba por ella: una disciplina rota.
Puerta del Sol. La Puerta del Sol: ésta no es sepulcro sino de mentiras.
La bolsa. Aquí yace el crédito español. Semejante a las pirámides de Egipto, me pregunté, ¿es posible que se haya erigido este edificio sólo para enterrar en él una cosa tan pequeña?
La Imprenta Nacional. Al revés que la Puerta del Sol, éste es el sepulcro de la verdad. Única tumba de nuestro país donde a uso de Francia vienen los concurrentes a echar flores.
La victoria. Ésa yace para nosotros en toda España.
Allí no había epitafio, no había monumento. Un pequeño letrero que el más ciego podía leer decía sólo: ¡Este terreno le ha comprado a perpetuidad, para su sepultura, la junta de enajenación de conventos!
¡Mis carnes se estremecieron! ¡Lo que va de ayer a hoy! ¿Irá otro tanto de hoy a mañana?
Los teatros. Aquí reposan los ingenios españoles. Ni una flor, ni un recuerdo, ni una inscripción.
El Salón de Cortes. Fue casa del Espíritu Santo; pero ya el Espíritu Santo no baja al mundo en lenguas de fuego.
Aquí yace el Estatuto.
Vivió y murió en un minuto.
Sea por muchos años, añadí, que sí será: éste debió de ser raquítico, según lo poco que vivió.
El Estamento de Próceres. Allá en el Retiro. Cosa singular. ¡Y no hay un Ministerio que dirija las cosas del mundo, no hay una inteligencia previsora, inexplicable! Los próceres y su sepulcro en el Retiro.
El sabio en su retiro y villano en su rincón.
Pero ya anochecía, y también era hora de retiro para mí. Tendí una última ojeada sobre el vasto cementerio. Olía a muerte próxima. Los perros ladraban con aquel aullido prolongado, intérprete de su instinto agorero; el gran coloso, la inmensa capital, toda ella se removía como un moribundo que tantea la ropa; entonces no vi más que un gran sepulcro: una inmensa lápida se disponía a cubrirle como una ancha tumba.
No había aquí yace todavía; el escultor no quería mentir; pero los nombres del difunto saltaban a la vista ya distintamente delineados.
¡Fuera, exclamé, la horrible pesadilla, fuera! ¡Libertad! ¡Constitución! ¡Tres veces! ¡Opinión nacional! ¡Emigración! ¡Vergüenza! ¡Discordia! Todas estas palabras parecían repetirme a un tiempo los últimos ecos del clamor general de las campanas del día de Difuntos de 1836.
Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche helaba mis venas. Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos.
¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! ¡Aquí yace la esperanza!
¡Silencio, silencio!

miércoles, 17 de octubre de 2012

¿Se puede morir de amor?

Hay muchos escritores que opinan que si, o por lo menos muere el alma y nos convertimos en cuerpos vacíos, en caminantes sin destino...


¡Oh, muerte! ¿Por qué dejas que te llamen daño, 

el mayor de ellos?¿El último de todos? ¡Tú, daño! 

Quien así lo diga no ha pasado lo que yo...


José Cadalso  "Noches Lúgubres"



No te conoce nadie. No. Pero yo te canto. 

Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.

La madurez insigne de tu conocimiento.

Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.

La tristeza que tuvo tu valiente alegría.


Federico García Lorca  "Alma Ausente"



Ni la miseria, ni el envilecimiento, ni la muerte, ni nada de lo que Dios o Satanás nos hubiera reservado hubiese podido separarnos; y tú, por gusto lo hiciste. Yo no te he destrozado el corazón; tu eres quien te lo has destrozado, y al destrozarlo has hecho lo mismo con el mío. Peor para mí si soy fuerte, ¿que necesidad tengo de vivir? ¿Qué vida será la mía cuando...? ¡Ay! ¡Dios! ¿Querrías tú vivir teniendo el alma en la tumba?


Emily Bronte  "Cumbres Borrascosas"



Palpita el corazón enfermo y triste,

languidece el espíritu: he aquí todo;

después se rompe el frágil vaso

y la esencia elévase a lo ignoto...


Rosalía de Castro  "La palabra y la idea...Hay un abismo"



Tal vez muriese en la flor de la juventud, la desgracia hizo inclinar su cabeza bajo el peso de las penas {...} una nube veló sus jóvenes atractivos; sus ojos negros se vieron oscurecidos por sombríos colores, presagio del destino que reserva el cielo a sus favoritos...una muerte prematura.


Lord Byron



Este corazón ha muerto, ya no emana de él éxtasis alguno, mis ojos se han quedado secos, y mis sentidos, a los que ya no alivian reconfortantes lágrimas hacen que mi frente se frunza de angustia. Sufro mucho; pues he perdido lo que era la alegría de mi vida, la sagrada fuerza unificadora con la que creaba mundos enteros a mi alrededor, ¡ya no existe!


Goethe  "Las penas del joven Werther"

 

 

 

 

 


jueves, 20 de septiembre de 2012

"Dormida"

Desde la primera vez que me topé buceando por internet con esta escultura me llamó poderosamente la atención, "dormida" es una escultura que se encuentra en el cementerio de Mount Macedon a 64 km de Melbourne, fue encargada al artista Peter Schipperheyn por la esposa del difunto (Lawrence); como prueba de amor yacería esculpida en la tumba de su esposo. Juntos para siempre.
Me parece preciosa y dolorosa, delicada y dura, oscura pero bella. Amor y Muerte.






martes, 28 de diciembre de 2010

VORREI MORIRE

Sentir intensamente la vida. Haber amado

y haber sufrido mucho, tener el alma ciega

esperando en la sombra una luz que no llega

o empeñada en dar vida a un sueño ya pasado.

  Amar lo fugitivo. Enamorarse de una

sonrisa, de una sombra... Sentir la poesía
de alguna melancólica y lejana armonía
que, de un balcón abierto, vuela bajo la luna.

Despreciar lo mezquino. Hacer con loco empeño

 del ensueño la vida y de la vida ensueño...
Extenuarse en una larga caricia loca;

y al final de una tarde magnífica y florida,
esfumarse en el cielo, abandonar la vida
con un sonoro verso de amores en la boca...





                                                                                                                           (Francisco Villaespesa)

martes, 30 de noviembre de 2010

Vida vs Muerte

¿ Cómo se puede desear tanto la muerte 
y temerla al mismo tiempo?


Qué vida cruel esta, 
que nos empuja hacia su enemiga oscura
para luego en el último momento
intentar recuperarnos con cualquier espejismo pasajero...
Es el arrepentimiento, a veces a tiempo, a veces, no.


Somos marionetas en sus níveas manos
como piezas en su tablero
y juega con nosotros a su antojo.
Entonces, ¿quién es más cruel,
Vida o Muerte?


Al menos la segunda es sincera,
te va dando avisos si te llevas mal con la primera;
pero cuando llega, llega.
Mejor fama tiene la Vida
y es ella la que nos atormenta.


¡Cuánto se llora cuando la Muerte hace su entrada!
¿Y lo que se lloró por la persona querida en Vida?
Nadie se acuerda.


Ella se encarga de ocultarnos sus intenciones
como sendero lleno de flores
 que oculta acantilado al final del trayecto.
Es un mal fin, si, pero...
 ¿acaso no nos condujo hasta el con falsos adornos?


Nos pasamos nuestra existencia
buscándole un sentido
mirando, con esperanza, a un futuro incierto;
que nos puede tener largo tiempo vagando
o se puede acabar mañana.


Mientras, se nos escapa el presente
y nos hace arrepentirnos de lo que pudo ser
y no fue...


Miramos hacia lo irreparable
el pasado nos causa dolor por los malos momentos
que dejan huella en nuestro marchito corazón;
y por los felices, que nos atormentan 
en el frío y aburrido presente.


Así que cuando la Vida decide desecharnos
nos sentimos vacíos. No estamos preparados.
Pero la Muerte no perdona. Así es ella.
Implacable, esperando su momento,
que aprovecha con creces.


Vida y Muerte luchan entre ellas
pero no simbolizan el bien y el mal.
Tan sólo son dos fuerzas ambiciosas
que quieren gobernar y decidir
sobre sus temblorosos peones.


Ya lo dirá mi epitafio, cuando llegue la dulce hora.
"Descansa en Paz", ¿descansar de qué?
De la Vida. Ahora sí.


                                                                                                                                             (R.L.)